Hay una Lima que no cambia. Rica, sobria e impresionante. Una Lima que, a pesar del tiempo, vive como en los valses, olorosa y señorial. Vestigios de una Lima gobernada por virreyes y señoríos llegan hasta nuestro tiempo para hablarnos de un pasado glorioso que se fue.
Muy pocas ciudades de América Latina conservan como Lima, las huellas de su pasado colonial. Recorrer el Damero de Pizarro, el centro de la ciudad antigua, es regresar a la Lima que cantó Chabuca Granda, allá por la década de 1950. Una Lima “tan querida y tan señora... soleada, cerca de los cerros y mojada junto al mar, llena de casonas abiertas de par en par y salones de medallón”.
Hernando Pizarro, hermano de Francisco Pizarro, el conquistador del Perú, llegó por primera vez a estas tierras en 1533, proveniente de Cajamarca. A pesar de que ya había proclamado a Jauja como capital del nuevo reino, al ver la situación estratégica de Lima, que además tenía un puerto natural (el Callao) y estaba sobre un fértil y amplio valle, decidió fundar allí la capital definitiva de lo que sería el Virreinato del Perú. Así nació Lima, un 18 de enero de 1535, bajo la advocación de los tres reyes magos. De allí su principal sobrenombre: la Ciudad de los Reyes.
Rápidamente, Lima se convirtió en una ciudad próspera, sede del Arzobispado de Indias y de toda la organización administrativa del esta parte del Nuevo Mundo. Se levantó en ella la catedral y las casas de los principales señores, las mismas que se adornaron con regios balcones de madera tallada. Finalmente, fue amurallada para evitar las invasiones de los conquistados y protegerla del ataque de los piratas y corsarios.
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